lunes, 17 de abril de 2017

Persuasión (Jane Austen) (PENGUIN)

Escrito en 1816. Fue publicado como trabajo póstumo en 1818. Jane Austen murió a los 41 años en 1817.

Hay libros en los que solo hay que dejarse llevar. Empiezas a leer, y como si de una misteriosa fuerza se tratara, tienes que seguir haciéndolo. Devoras las páginas con la confianza que no te van a defraudar; no hay sorpresas desagradables, no hay impactos que te predisponen a la espantada; y lo que sí percibes de inmediato es una calidad en su contenido difícil de encontrar.

Destaca la confección de los personajes; les vamos a acompañar durante la narración y son ellos los que nos guiaran (cada uno con sus marcadas características) por una historia, no por predecible menos cautivadora; ni por sobria, menos admirable.

Se trata de una familia compuesta por el padre viudo y tres hijas. A Sir Waltter Elliot, nos lo muestra engreído, defensor a ultranza del buen nombre de la familia, menospreciando a los que no pertenezcan a la nobleza y no admitiendo su delicada posición económica (hasta para seleccionar el inquilino de su casa, no le bastaba solo con que tuviera dinero) “Lo peor de esta población era el sinnúmero de caras insignificantes”. La hija mayor, Elisabeth, sigue a pies juntillas los pasos de su progenitor, esperando en su “balcón” a algún príncipe despistado que venga a desposarla “No le digas nada, pero el vestido que llevaba la otra noche me pareció espantoso”. Después esta Anne, ignorada por los demás miembros y convirtiéndose en invisible para todos excepto para Mrs. Russell, amiga de la difunta madre. Por último esta Mary, la pequeña y la única casada: consentida y caprichosa, había entrado a formar parte de una familia con situación financiera saneada, pero sin ninguna posición de cuna; por lo que a ojos del padre y de la hermana mayor, los Musgrove, eran gente zafia y humilde “.y ¡fuimos tan apretados…! ¡Son tan gordos y ocupan tanto sitio…!”.

No hay que olvidar a los otros componentes de la novela, que además de formar parte activa de la trama, nos dan una visión muy amplia de los pormenores de una época cambiante. Así tenemos, a consecuencias de las guerras continuas, la figura de los militares como nuevo fenómeno social en alza (otrora mal considerados) y con posibilidad de relacionarse con las capas altas de la sociedad, aunque solo fuera por riqueza almacenada. El comienzo de una clase de burguesía industrial y mercantil pujante, que al igual que la anterior, con el dinero como carta de presentación, asumían un papel que antes les fue negado. Y por último, aunque la monarquía gobernaba (así fue durante largo tiempo) y la gran aristocracia seguiría con la fuerza que le daba la Cámara Alta, los puestos destacados del gobierno, la diplomacia y la propiedad de latifundios; los no destacados en la llamada sociedad estamental, con sus títulos nobiliarios, iban perdiendo fuelle, ostentando cada vez menos poder efectivo.

La protagonista es Anne (la mas parecida a la madre), hija intermedia de la familia; es en quien recae el peso de la novela. Nos la muestra humilde, con inquietudes culturales, gran sensibilidad, actitud serena y aparentemente relajada en los momentos de tensión, obediente pero con una rebeldía callada ante la injusticia “...es más joven porque es hombre. Él puede rectificar su destino y ser feliz con otra.»”, y sobre todo, con ese magnetismo para atrapar al lector “—Para mí, sólo las personas cultas, inteligentes y de buena conversación son de calidad y de trato apetecible. No entiendo otra cosa por buena sociedad”.

La historia gira en función de la llegada del Capitán Wentworth, con el que Anne, ocho años atrás, había tenido un romance. Contando solamente con 19 años, Mrs. Russell la aconsejó, con buen criterio, que desistiera en la intención de continuar la relación debido al futuro incierto de unirse a un hombre sin ingresos y sin un porvenir definido (recordemos el grado de mortandad de las guerras y los pocos que obtenían dinero alguno participando en ellas).

Lo primordial del relato y a raíz de esta visita es, sin duda, la actitud adoptada por ella. Se muestra serena y humilde pero con ese aire de altivez que da la indiferencia fingida. Observa, calcula y espera la disposición de él y en consecuencia decidirá sus pasos, pero sin mostrar un ápice de sumisión, ni de implorar ninguna atención o signo de perdón.

En este punto tengo que hacer un inciso y darle un “palo” a la película. En ella, la primera vez que se encuentran -y en las siguientes- se producen unas miradas cruzadas, unos visajes que están diciéndose todo....arruina el guión. La esencia es ese juego de no mostrar ninguna debilidad, ninguna apetencia por ambas partes; ni mucho menos manifestar deseo. Sabemos que en la imagen, el lenguaje gestual es un buen aliado, incluso determinante en algunas ocasiones, pero en este caso, de esos pequeños detalles se alimenta el nudo para la “explosión” final.

Volviendo al libro, me agradó para mantener el interés, la manera de comportarse del Capitán. Esa indiferencia que muestra hacia ella, esa frialdad, ese dejarse querer sabiéndose deseado por todos; llegando incluso dar a entender, con su continuo galanteo -inconsciente o no- su predilección por otra mujer: es lo que le da riqueza a la narración, ya que enfrente, y en ese juego de conductas, observamos a Anne no entrando al trapo, imperturbable, con el sosiego necesario de ver cuando termina la función teatral de “El cortejo del gallo despechado” y se manifiesten unos sentimientos, que si bien imaginábamos, les costaban salir a la luz.

Me interesó la marcada diferencia de la que creo nos deja grandes pistas, entre la familia que acaparada nuestras miradas (los Elliot) y la familia del esposo de la hermana pequeña (Musgrove). Así observamos a una gente humilde en su manera de actuar, sin la petulancia que le podría aportar su posición económica; acogiendo de buen grado a nuestra protagonista y con las criticas innobles de Mary; y por el contrario la otra, con una quebrada posición financiera, pero altivos y clasistas, con esos aires de los que antaño lo tuvieron todo y no se resignan a su situación actual.

A destacar una conversación entre Anne y el Capitán Harville donde la autora expone con gran claridad sus ideas, en lo referente a que la gran mayoría de los libros eran escritos por hombres, teniendo por ello una visión mermada; reivindicando de una manera tácita la proliferación de la mujer en la escritura.

Como curiosidad, me llamo la atención, la descripción de la belleza o no de Anne según en que estado de ánimo se encontrara. Así se la veía mustia y sin color, como se encontraba con unas sonrosadas mejillas llenas de vida; una belleza apagada o con una imagen radiante.

Hubiera deseado para más interacción en el argumento, una mayor competencia por el amor de Anne. Cuando creía que la había encontrado en la figura de un primo heredero del titulo nobiliario, que aparece de repente, resulta que nos lo descarta en base a un pasado no muy honesto.

Me vais a perdonar la licencia de esta frivolidad. Hay dos preguntas que al acabar el libro me asaltaban: ¿Como se pudo casar la madre de Anne con Mr. Elliot, si tan parecidas eran? y la segunda ¿si El Capitán no hubiera vuelto con tanta riqueza ni tan apuesto... se le habría tratado igual por parte de todos; hubiera actuado Anne de la misma manera?. Tú, amigo lector, me puedes contestar perfectamente...-Es que estaríamos hablando de otra novela, no sería “Persuasión”. A lo que yo no tendré mas remedio que contestarte: ¡Pues tienes razón!.

Decir que me ha gustado mucho, es de los libros que no se olvidan nunca, sigo teniendo una fe ciega en Jane Austen y estoy deseando saborear otro libro suyo. Os dejo, para finalizar con una frase, de ese humor cáustico que rezuma toda la obra. “¡Cuántos espejos, Dios mío! No había manera de huir de uno mismo”.


Mi puntuación es de 8 sobre 10.